La esperanza, decía Charles Péguy, es la hermana más débil, más frágil, más vulnerable, de las tres virtudes teologales. Por eso necesita especiales cuidados. Es necesario cultivarla permanentemente y reforzarla sin descanso. ¿Qué prácticas debemos poner los cristianos para que no se agote esta flor tan débil, para que no se nos agoten las razones de la esperanza, para que no dejemos de esperar? ¿Qué haremos para que no se nos muera o nos maten la esperanza que nos queda?

Desafíos para sostener la esperanza 

En primer lugar, es necesario rescatar y potenciar el carácter experiencial de la esperanza humana y cristiana. No basta la confesión teórica y verbal de la esperanza en la resurrección de los muertos o en la vida del mundo futuro. Ni basta celebrar la esperanza en unas liturgias frías y rutinarias, con unos ritos formales y vacíos de experiencia. La esperanza es una virtud, una actitud, un hábito del corazón… Es una experiencia de confianza que se siente en lo más hondo del ser personal, se profesa en la comunidad, se celebra en la liturgia, se testimonia en la vida. Pero es, sobre todo, una experiencia de fe y confianza. 

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