La esperanza, decía Charles Péguy, es la hermana más débil, más frágil, más vulnerable, de las tres virtudes teologales. Por eso necesita especiales cuidados. Es necesario cultivarla permanentemente y reforzarla sin descanso. ¿Qué prácticas debemos poner los cristianos para que no se agote esta flor tan débil, para que no se nos agoten las razones de la esperanza, para que no dejemos de esperar? ¿Qué haremos para que no se nos muera o nos maten la esperanza que nos queda?

Desafíos para sostener la esperanza 

En primer lugar, es necesario rescatar y potenciar el carácter experiencial de la esperanza humana y cristiana. No basta la confesión teórica y verbal de la esperanza en la resurrección de los muertos o en la vida del mundo futuro. Ni basta celebrar la esperanza en unas liturgias frías y rutinarias, con unos ritos formales y vacíos de experiencia. La esperanza es una virtud, una actitud, un hábito del corazón… Es una experiencia de confianza que se siente en lo más hondo del ser personal, se profesa en la comunidad, se celebra en la liturgia, se testimonia en la vida. Pero es, sobre todo, una experiencia de fe y confianza. 

Para alimentar la esperanza cristiana, es preciso recuperar los hábitos de oración, de silencio, de meditación, de contemplación del misterio de Dios, puesto que se trata de una esperanza basada en el misterio de Dios, en las promesas del Reino. Y es preciso alimentar la esperanza con liturgias y celebraciones más vivas, más sentidas, más cercanas a los gozos y las tristezas de cada día. Ahí, en el fondo de la oración y de la celebración están escondidas las razones más profundas de la esperanza cristiana. Quizá por aquí hay que buscar las motivaciones específicas, las razones más seguras que la comunidad cristiana debe ofrecer a los hombres y mujeres de nuestro tiempo y de todos los tiempos. Las razones últimas de la esperanza humana se hunden en el misterio de la realidad inmanente, pero llegan hasta el misterio de Dios.

En segundo lugar, es preciso poner prácticas comunitarias o incorporarse a alguna comunidad, para cuidar, alimentar, fortalecer y avivar la esperanza. La esperanza amenazada necesita el refuerzo de la comunidad. Así lo entendió el autor de la Carta a los hebreos, que exhorta a los destinatarios a permanecer unidos a la comunidad y constantes en las prácticas de la misma: «Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y de las buenas obras, sin abandonar nuestra propia asamblea, como algunos acostumbran dual y grupal». Y es que el suelo de la vida humana es la comunidad.

En tercer lugar, es preciso poner realismo en la esperanza cristiana y combinarlo, con un sano optimismo. Para ello, es necesario saber en qué mundo estamos, cuáles son los problemas de este mundo, cuáles son las razones de las desesperanzas propias y ajenas. No vale la política del avestruz, meter la cabeza bajo el ala. Ese no es buen método para conservar la esperanza, y menos aún para alimentarla. Aunque prometedor a corto plazo, a la larga es el camino más seguro para acabar frustrados y decepcionados. Es preciso mantener la esperanza en medio de la realidad. Es la única esperanza real y eficiente. Por eso, hoy debemos mantener la esperanza cristiana y levantar la esperanza de la humanidad mientras nos hacemos conscientes y solidarios de los problemas que ensombrecen nuestro mundo: la pobreza masiva, la injusticia estructural, la marginalidad creciente, la violación sistemática de los derechos humanos, el terrorismo y todo género de violencia…

Sin embargo, al mismo tiempo, para avivar la esperanza, es necesario mirar al mundo y a la humanidad con optimismo. Y un optimismo es sano cuando, sin ignorar lo que en la realidad hay de negativo, sabe ver también lo que en ella hay de positivo, las posibilidades de futuro que ofrece. Ni todo en el mundo y en la humanidad es negativo, ni el presente es la última posibilidad de la historia humana. Y un optimismo es teológico cuando está inspirado en la fe, cuando asume dos supuestos teológicos irrenunciables: esta creación es fundamentalmente buena; la nuestra es una historia de salvación y redención.

Cada vez somos menos expertos en mirar la historia humana desde su lado luminoso, y somos más incapaces de descubrir los signos de vida que nos rodean.

En cuarto lugar, es necesario mirar y relacionarse con el mundo y la humanidad con compasión y misericordia. El autor de la Carta a los hebreos apela a la compasión y la misericordia de Cristo para animar la esperanza de los cristianos: «Pues no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado» (Heb 4,15). «Y puede sentir compasión hacia los ignorantes y extraviados por estar también él envuelto en flaqueza» (Heb 5,2).

Poner compasión y misericordia en nuestra sociedad es otro camino para avivar la esperanza, propia y ajena. La esperanza se alimenta de misericordia, porque somos seres vulnerables y vivimos en una historia llena de heridas. Para ejercitar la compasión y la misericordia, es preciso superar la apatía o la indiferencia ante el mundo, es preciso evitar la antipatía o la condena sistemática del mundo, y es preciso adoptar una actitud de empatía o simpatía frente al mundo. Mirar y relacionarse con el mundo y la humanidad con simpatía, con misericordia y compasión, es un camino para avivar la esperanza. Donde llegan la compasión y la misericordia siempre hay lugar para una nueva oportunidad; siempre hay una ventana abierta al futuro y a la esperanza.

En quinto lugar, es necesario combinar los análisis de las ciencias sociales sobre todos estos problemas, con la lectura meditada de la palabra de Dios. Quizá fue H. U. Von Balthasar el primero, pero ciertamente no el último, que afirmaba: «los cristianos deben caminar con el periódico en una mano y la Biblia en la otra». Con el periódico en una mano para saber en qué mundo estamos y qué sucede en torno nuestro, qué enemigos tiene actualmente nuestra esperanza, y qué signos de esperanza brotan en esta humanidad. Con la Biblia en la mano, para saber qué mundo quiere Dios y cuál es nuestra responsabilidad en la construcción de ese mundo que Dios quiere. Si nos atenemos sólo al periódico, más de un día veremos peligrar nuestra esperanza.

Porque predominan con frecuencia las noticias y las lecturas de la realidad que no invitan al optimismo. Si nos atenemos solamente a la palabra de Dios, corremos el riesgo de olvidar la realidad pura y dura, y de dar lo pensado y deseado por realizado. Porque la palabra de Dios apunta a un ideal que siempre está por delante de nosotros. Pero si combinamos el periódico y la Biblia, podremos comprender que «nuestra salvación es en la esperanza».

En sexto lugar, para avivar la esperanza es necesario poner signos del Reino o promover la justicia y la solidaridad. Los signos de Dios tienen una fuerza especial para avivar la esperanza, pues testifican que lo que se anuncia está ya en marcha, está realizándose, que las promesas no son falsas ilusiones. «Aunque a mí no me creáis, dice Jesús, creed por las obras» (Jn 10,38). Ahora bien, ¿cuáles son los signos más significativos del reino de Dios? ¿Qué signos acreditan especialmente la esperanza cristiana?

No se trata de signos espectaculares, como parecen pensar muchos de los nuevos movimientos religiosos. Se trata de signos próximos a la historia de cada día. Signos en esta dirección son: los signos de compasión y misericordia, que recuperen el valor de la gratuidad o del don sobre el comercio, la solidaridad sobre la competencia, el diálogo sobre la venganza y la confrontación; la opción afectiva y efectiva por los pobres, los excluidos, las víctimas (pobres, mujeres, minorías étnicas, drogadictos, deficientes …); compromiso y lucha por la justicia, la paz y los derechos humanos; gestos de solidaridad con personas, grupos y pueblos necesitados.

En séptimo lugar, es preciso avivar la esperanza participando y colaborando con los grupos y organizaciones que se mantienen firmes en la lucha para superar todos esos problemas que hacen peligrar la esperanza de la humanidad, la nuestra y la de los demás. La colaboración de todos los hombres y mujeres de buena voluntad en esas luchas es hoy más urgente que nunca. Es la nueva versión del ecumenismo global, el ecumenismo entre distintas confesiones cristianas, entre distintas denominaciones religiosas, entre todas las culturas y los pueblos. De esa colaboración de hombres y mujeres de buena voluntad en la lucha por la justicia, la paz, los derechos humanos, los derechos de los pobres y excluidos…. brotarán nuevas razones para la esperanza.

Felicísimo Martínez

(En Revista Cooperador Paulino, nº 116, Noviembre / Diciembre 2002, Madrid, San Pablo)