Cuando amamos a alguien, somos capaces de dar todo cuanto tenemos por el bien de esa persona. El amor, el cariño nos hace estar abiertos a las necesidades reales de los otros, con ello quiero decir que es el amor el que nos hace ser comprensivos, nos hace estar atentos y es el que nos enseña a escuchar, pero no sólo con los oídos sino con el corazón.

Necesitamos poder hablar, compartir y expresar todo lo que sentimos, ya sean alegrías, tristezas, gozos o rabias… ¡no importa el qué! sino que importa el hecho en sí. Cuando estamos eufóricos, tal vez es un poquito más fácil, porque la felicidad nos lleva a la tranquilidad.

Resulta un poco más complicado cuando parte de lo que teníamos “construido” se nos viene abajo por la razón que sea… entonces nos hundimos y cuesta bastante levantarse. Creo que estos momentos son necesarios, al igual que otros muchos, porque nos enseñan, nos muestran un camino que sin ello no podríamos vislumbrar; lo importante en estos casos es tener un apoyo y por supuesto poseer el gran regalo de la confianza en el otro. Los momentos de dificultad están para luchar, están para ser superados y esta superación requiere esfuerzo.

Cuando pedimos ayuda, ya sea esperando una palabra, un gesto o un abrazo, estamos intentando decir que todo es más fácil con apoyo, y… sin duda que es así. No nos ha de asustar ni dar miedo los momentos de oscuridad y desaliento, tan sólo hemos de vivirlos con fuerza pidiéndole a Dios que seamos capaces de discernir lo que quiere y espera de nosotros, y que a pesar de lo que cada uno haya de vivir no nos deje caer. Texto: Hna. Conchi García. Foto: Sor Gemma Morató.