ESTO de que unos tíos que no saben hacerla o con un canuto se pongan a reprobar al Papa tiene un componente desquiciado y chusco que no lograría superar el principado de Andorra si mañana declarase la guerra a los Estados Unidos.

Pero estas enormidades han adquirido carta de naturaleza en un mundo que ha perdido el sentido de la proporción; y donde los ineptos se creen con derecho a discutir con el sabio, o mejor dicho, a silenciarlo con sus chillidos.

Pues para discutir son necesarias dos personas que aduzcan razones; pero cuando una aduce razones y la otra opone irracionalidad, consignas doctrinarias y aspavientos emotivos, la discusión se hace imposible y al sabio sólo le resta resignarse a que sus palabras sean tergiversadas, acalladas, anatemizadas por el guirigay de los ineptos.

Benedicto XVI reclamó una humanización de la sexualidad, que consiste en liberar al hombre de la esclavitud de la promiscuidad. para combatir el mal en sus orígenes; y el Mátrix progre, en lugar de liberar al hombre de la promiscuidad sexual, lo exhorta a entregarse a ella sin recato, regalándole a cambio un condón.

Que, una vez usado, deja al hombre a merced de la promiscuidad, o sea, a merced del mal que, según nos asegura, pretende combatir.
Pero el acceso de furia irracional con que el Mátrix progre ha respondido el llamado del Papa a la humanización de la sexualidad nos invita a esbozar aquí una reflexión sobre la dificultad insalvable que constituye tratar de afirmar la verdad profunda de las cosas, en una época que ha renunciado a la posibilidad del conocimiento, enfangada en un lodazal en el que sólo triunfan el embrollo y la desintegración de la razón.

El Mátrix progre ha destruido la razón como guía de la acción humana, como motor de su voluntad; y cuando la voluntad humana se gobierna por el puro instinto, el mismo hombre ha sido destruido; esto es, animalizado.

En esta coyuntura, la incomprensión con que han sido acogidas las declaraciones del Papa me recuerda dolorosamente aquel pasaje evangélico (Jn 18) en el que, llevado al pretorio, Jesús conversa con Pilato; basta con que veamos en Jesús, varón de dolores, a la Iglesia de la que Benedicto XVI es cabeza visible, y en Pilato al mundo.

Benedicto XVI se esfuerza por entablar diálogo con el mundo, usando su mismo idioma, en busca de semillas de verdad: «Para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad escucha mi voz».

A lo que el mundo responde con arrogante indiferencia, incapaz de entender un lenguaje que apela a la razón: «¿Y qué es la verdad?». Y, ante el escepticismo de Pilato, Jesús calla, mientras crece el clamor rabioso de la multitud: «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!».

Y en esas estamos. El Papa, en una carta reciente a los obispos transida de dolor, constataba que «la fe está en peligro de apagarse como una llama que no encuentra ya su alimento»; y añadía: «El auténtico problema en este momento actual de la historia es que Dios desaparece del horizonte de los hombres y, con el apagarse de la luz que proviene de Dios, la humanidad se ve afectada por la falta de orientación, cuyos efectos destructivos se ponen cada vez más de manifiesto».

En la reacción furibunda del Mátrix progre ante las declaraciones de Benedicto XVI sobre la humanización de la sexualidad descubrimos la falta de orientación de un mundo que ya no se esfuerza por entender sus palabras, que ya ni siquiera las puede entender, porque le falta la luz que viene de lo alto. Es un signo escatológico clarísimo; y aceptando convertirse en diana del escarnio y la calumnia furiosa -en este contexto debemos situar este intento chusco de reprobación de los ignaros-, Benedicto XVI, varón de dolores, está preparando a los cristianos para afrontar la Cruz. Así de duro y así de simple: «Ecce Homo».