Antes de partir hacia el continente africano, el Papa Benedicto XVI señaló que el SIDA en África y en el mundo, “no se puede superar con la distribución de preservativos, que, al contrario, aumentan los problemas”. El Santo Padre precisó que la “única vía eficaz para luchar contra la epidemia es una renovación espiritual y humana de la sexualidad“, unida a un “comportamiento humano moral y correcto, destinada a sufrir con los sufrientes”.

Tan contundente definición del Sumo Pontífice fue suficiente para que hordas de intolerantes de distintas partes del mundo cayeran con dureza sobre su persona, tal vez, sin analizar a fondo su pensamiento.

Sin lugar a dudas, uno de los puntos más polémicos entre los cristianos es el uso del preservativo. Vivimos en tiempo en donde todo se vuelve descartable: desde nuestros utensillos para comer, envases de todo tipo, bolsas, pilas… hasta las relaciones afectivas.

Desde la dramática expansión del S.I.D.A., el preservativo (también llamado profiláctico o condón) se ha convertido en la vedette cuando de prevención de enfermedades de transmisión sexual se habla. Es evidente que el preservativo ha tenido buenos “agentes de marketing” para poder difundir y convencer a la gente de sus bondades: facilidad para usarlo, barato para adquirirlo (aunque hay muchos centros de salud pública en donde lo regalan) y, sobre todo, “placer garantizado” con el tan mentado “sexo seguro”.

Desde la misma Iglesia Católica nadie pone en duda que, cuando es correctamente utilizado, el preservativo puede ayudar a reducir la posiblidad de contagio del S.I.D.A. Quiero ser claro en el concepto: el preservativo ayuda a reducir el riesgo de contagio del S.I.D.A. … pero no lo evita; es decir, nadie puede estar seguro de evitar el contagio de esa terrible enfermedad por más que use un preservativo durante una relación sexual.

Cuando se reparten preservativos entre los jóvenes, ya sea desde los Estados Nacionales y/o Provinciales y Organizaciones No Gubernamentales o Civiles, es una apología de la lujuria. Quienes dicen defender la salud, directa o indirectamente, empujan a la gente hacia las relaciones sin demasiado compromiso y sin demasiado cuidado del otro/a promoviendo la sistemática autodestrucción de la dignidad de las personas: así, cuando una persona entrega “fácilmente” su propio cuerpo, indefectiblemente, devaluará su propia autoestima.

La promiscuidad es una conducta destructiva para el ser humano. No solamente en lo afectivo (sus marcas en el alma no son visibles), sino también en lo corporal ya que las enfermedades venéreas y, más que nada, el S.I.D.A. están a la orden del día.

Hoy en día es muy bien visto que un adolescente o un joven haya tendio varias “experiencias sexuales”. Como si fuera cierto que un muchacho es más hombres mientras más mujeres hayan pasado por su piel; y, a la inversa, una chica debería sentirse “más mujer” cuando ya haya entregado su cuerpo al placer sexual. Ni uno ni lo otro es cierto.

Vivimos una época en donde prima el “sentirse bien”, “pasarla bien” como sea, al precio que sea. Desde los medios de comunicación, el mensaje que se impone es que “cada uno haga de su vida lo que quiera”. Si las pasiones se liberan hasta el extremo, el ser humano termina esclavizado de ellas. Entonces, nadie se anima a advertir de los perjuicios que tiene para la integridad de un ser humano: muchos pregonan las “relaciones rápidas”, la palabra “amor” es desfigurada hasta límites espantosos… a todos nos puede gustar “jugar al amor” pero después a nadie le gusta “pagar los platos rotos” de una relación afectiva que empezó mal y que, invitablemente, termina mal. Después son muchos los lamentos y maldiciones que caen sobre el Amor. Después, son muchos y muchas las que dicen no creer en el “amor verdadero”. Después, son muchos y muchas las que hablan de que ninguna relación afectiva puede durar para toda la vida.

Es una tristísima realidad que en África hay cientos de miles de personas que ven sus vidas languidecer a causa de ese terrible flagelo que es el S.I.D.A. En este continente, como en otras tantas regiones del Planeta, el S.I.D.A. se expande gracias a la marginalidad, falta de educación y baja autoestima en la misma gente.

En todo el mundo, gracias a la promiscuidad, son cada vez más los infectados por el H.I.V. A ninguno de los tantos “libre-pensadores” que atacan a la Iglesia Católica les importa que este drama tiene su raíz en la moralidad: debemos educar a la gente a valorarse más a si mismos, a saber cuidar verdaderamente a su persona y no dejarse someter por las pasiones porque así se llega, inexorablemente, a la autodestrucción.

En ese sentido, es bien valiente lo de Benedicto XVI: no le interesa ser complaciente con las masas y, por amor a la humanidad, insiste en invitar a vivir la castidad como el gran antídoto contra el S.I.D.A.