El pasado lunes día 9, a las 20.10, dejaba de respirar la joven Eluana Englaro, al mismo tiempo que se paraba su corazón. Habían pasado tan sólo tres días desde que le fuese retirada su sonda alimenticia en una clínica italiana. La polémica suscitada en torno a la autopsia no debe distraernos del hecho esencial: el asesinato de una joven, reivindicado por su propio progenitor por motivos compasivos. 

      Confundir para intentar justificar 

      La pretensión del padre de Eluana de justificar su petición de eliminar la vida de su hija, aduciendo que ella ya había manifestado antes de su accidente, que no le gustaría alargar su vida artificialmente conectada a una máquina, no deja de ser un argumento destinado a crear confusión. Lo cierto es que Eluana no estaba conectada a ninguna máquina, ni estaba sometida a ningún encarnizamiento terapéutico. Sencillamente, estaba inmersa en un prolongado coma, y era sostenida exclusivamente por la hidratación y la alimentación por sonda. Las religiosas que la cuidaban han revelado el dato de que Eluana abría los ojos durante el día, y los cerraba de noche.

      La eutanasia de Eluana ha sido especialmente llamativa, porque ella no se encontraba en fase terminal (de hecho, llevaba diecisiete años en ese mismo estado, y quizás podría haber vivido muchos más). Pero, sin embargo, es necesario denunciar que no es tan inusual el recurso a este mismo método cruel de eutanasia, para acelerar la muerte de los enfermos terminales, provocando que su fallecimiento tenga lugar, no ya por causa del cáncer o de la enfermedad que padezcan, sino por causa de inanición o deshidratación. 

     “Libertad de amar” o “libertad de matar” 

      En el caso Eluana se han confrontado dos concepciones antagónicas e irreconciliables de la existencia: la “cultura de la muerte” y la “cultura de la vida”. Por mucho que pensásemos que ya lo habíamos visto todo en esta vida, tengo que reconocer que me quedé profundamente impresionado al leer el titular con que uno de los periódicos de mayor difusión de este “país”, daba la noticia del fallecimiento de la joven: “Eluana sale de escena y explica lo que es la libertad”. ¡Estremece comprobar hasta dónde pueda llegar la soberbia humana! Lejos de mostrar el menor arrepentimiento, se pretende elevar el homicidio al rango de la heroicidad… ¡La libertad de matar y de suicidarse!

      Por el contrario, las religiosas que han estado atendiendo a Eluana a lo largo de estos años (es importante hacer notar que no fue su padre quien la asistió), han dado un testimonio impagable sobre la cultura de la vida. La mayor parte de las cadenas televisivas han ocultado la escena de las religiosas llorando, cuando a la 01.00 de la madrugada, Eluana era sacada “furtivamente” del hospital en que era cuidada y amada, para conducirla hacia la “clínica de la muerte”. Mientras que el padre afirmaba que tenía la sensación de estar visitando la tumba de su hija cuando acudía al hospital, las religiosas se habían manifestado de otro modo: «Nosotras la sentimos viva». «No pedimos nada a cambio, sólo el silencio y la libertad de amar y darnos a los débiles, a los pequeños, a los pobres…». La conclusión es bastante evidente: Somos capaces de apreciar y valorar el don de la vida, en la medida de nuestra salud espiritual. 

     Legalidad y moralidad 

      Sin entrar a valorar otros muchos temas de la agenda política del primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, es un hecho que su decidida actitud en defensa de la vida de Eluana, ha abierto la puerta a otro interesante debate: ¿las leyes positivas de un Estado son la última instancia inapelable, o por el contrario, los derechos fundamentales del ser humano están por encima de cualquier interpretación jurídica? O dicho de otro modo: ¿es la ética la que tiene que someterse a la ley, o la ley la que tiene que ajustarse a la ética? ¿Berlusconi ha intentado burlar la legislación al hacer los posibles por salvar la vida de Eluana, o más bien, se ha esforzado en humanizar el régimen legal?

      En cualquier caso, Eluana ha aportado su granito de arena para intentar despertar a esta vieja Europa de su letargo moral. Lo peor no es ya ser víctimas de la cultura de la muerte, sino entrar en un “coma espiritual” que nos lleve a la connivencia con los verdugos. ¡Gracias Eluana, por “aferrarte” a la vida durante diecisiete años en coma! ¡Confiamos plenamente en que Dios te habrá dado, en plenitud, esa vida que aquí se te ha negado