LA  MENTIRA  NO  VIVE  HASTA  QUE  SE  HACE  VIEJA  (Sófocles)

  

   Si hay una palabra que despierta toda la atención y toda la prevención de nuestro tiempo es la palabra “tolerancia”. Hoy es intolerable no ser tolerante. Sin embargo los que más hablan de tolerancia suelen ser los más intolerantes de nuestra sociedad, porque no es cuestión de discurso sino de praxis.

  

   La tolerancia, como virtud social, nació en los agitados finales del siglo XVIII. Los racionalistas la asumieron casi como su propia religión y a la vez la utilizaron para vapulear con saña, como hacen hoy los laicistas, a la Iglesia Católica. Voltaire, sobre todo, parecía no terminar de saciarse en su encono y en su denuncia de la superstición y de la intolerancia que, según su opinión, florecían a su antojo entre los católicos. En resumen: la “razón” quedó como sinónimo de “tolerancia” y la fe en un Dios personal como fuente de intransigencia y fanatismo.

  

   Así siguieron las cosas en la accidentada historia de estas ideas tan queridas para la Ilustración. La masonería, el anarquismo, el liberalismo como filosofía y el comunismo como propuesta revolucionaria, bebieron cada uno a su modo de este caldo racionalista y por tanto siguieron viendo en la Iglesia, y después en todo credo organizado, una amenaza para la virtud social de la tolerancia. Todavía en nuestro tiempo es fácil oír críticas acerbas a la enseñanza católica. Son resabios que vienen del siglo de la Ilustración. Es explicable, según esto, que muchos sientan que es hipócrita e insufrible, por decir lo menos, que los católicos hablemos de tolerancia. Pero debemos decir, sin complejos ni arrogancias, que hay un sentido cristiano de la tolerancia.

  

Así por ejemplo nos enseña el Concilio Vaticano II:  

  

 “Declara este Concilio Vaticano que la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa. Libertad, que consiste en que todos los hombres han de ser libres de toda coacción por parte de individuos, grupos sociales o cualquier poder humano, de tal modo que en materia religiosa nadie sea obligado a obrar, contra su conciencia, mas que tampoco sea impedido, dentro de los debidos límites, para obrar en conformidad con ella, ya solo ya asociado con otros, tanto privada como públicamente. Declara, además, que el derecho a la libertad religiosa se funda radicalmente en la dignidad misma de la persona humana, tal cual se conoce por la palabra de Dios y por la razón misma. Derecho a la libertad, en la persona humana, que de tal modo ha de ser reconocido en el ordenamiento jurídico de la sociedad que se le considere como un derecho civil”.

  

 “Por su propia dignidad, todos los hombres, en cuanto que son personas, esto es, dotados de inteligencia y libre voluntad, y, por ello, dotados de responsabilidad personal, se sienten movidos por su propia naturaleza y por obligación moral a buscar la verdad, en primer lugar la que corresponde a la religión. También están obligados a adherirse a la verdad, una vez conocida, y a ordenar toda su vida según las exigencias de la verdad. Mas los hombres no pueden en modo alguno cumplir dicha obligación, en conformidad a su naturaleza, si no gozan de libertad psicológica al mismo tiempo que de la inmunidad de coacción externa. Luego el derecho a la libertad religiosa no se funda en una exigencia subjetiva de la persona, sino en su misma naturaleza. Por esto, el derecho a tal inmunidad subsiste pleno aun en los que no cumplen con su obligación de buscar la verdad y de adherirse a ella; y su ejercicio no puede impedirse, siempre que se guarde el justo orden público”.

  

Decreto sobre la Libertad Religiosa, n. 2.

  Escribió Juan Pablo II, en su mensaje del 1° de enero de 1991: 

 “Negar a una persona la plena libertad de conciencia y, en particular, la libertad de buscar la verdad o intentar imponer un modo particular de comprenderla, va contra el derecho más íntimo. Además, esto provoca un agravarse de la animosidad y de las tensiones que corren el riesgo de desembocar o en relaciones difíciles y hostiles dentro de la sociedad o incluso en conflicto abierto. Es a nivel de conciencia como se presenta y puede afrontarse más eficazmente el problema de asegurar una paz sólida y duradera”.

  

   Al respecto, he tenido la suerte de poder visitar, los primeros días del pasado Agosto, la tumba de Galileo Galilei, cerca de la del famoso Miguel-Ángel y del no menos famoso Dante, que se encuentran en Santa-Croce, uno de los mas hermosos templos de Florencia. Ya sabía que corrían muchas mentiras sobre sus forcejeos con la Iglesia, pero desconocía que el famoso científico estuviera enterrado bajo un gran mausoleo en un templo católico. Me alegró mucho, porque es una prueba más de la “veracidad” -perdonen la ironía- con que hoy hablan de la Iglesia algunos profesores incluso en las universidades. Según ellos Galileo fue quemado por la Inquisición y lo repiten tanto y durante tantos años que el 80 % de los universitarios europeos lo dan por cierto.

  

   Galileo era católico practicante y un creyente convencido, a pesar de sus escritos sobre el heliocentrismo copernicano que molestaban a la Iglesia y a muchos filósofos y matemáticos de su tiempo, que defendían un modelo geocéntrico del Sistema Solar. La Iglesia argumentaba que el heliocentrismo contradecía directamente a la Biblia, al menos como era interpretada por los Padres de la Iglesia, y los altamente reverenciados escritos de Aristóteles y Platón. No olvidemos que en 1633, año del proceso a Galileo, el sistema ptolemaico (el Sol y los planetas giran en torno a la Tierra) y el sistema copernicano (la Tierra y los planetas giran en torno al Sol) eran dos hipótesis del mismo peso, entre las que había que apostar sin tener pruebas decisivas. Y tampoco olvidemos que muchos católicos de peso, entre los que figuraba el que después sería el Papa Urbano VIII, estaban a favor y apoyaban las investigaciones del innovador, que a los sesenta y nueve años, con barba y cabello blancos y ojos cansados y apagados de haber observado el Universo más que los de cualquier humano antes, fue requerido en Roma por la Inquisición. Tras un largo interrogatorio, aunque inusualmente benévolo debido a la fama de Galileo, el 22 de junio de 1633, de rodillas ante el temido Tribunal “admitió su error”:

  

“Yo, Galileo Galilei, abandono la falsa opinión de que el Sol es el centro (del Universo) y está inmóvil. Abjuro, maldigo y detesto los dichos errores”.

  

   De esta forma negó que el Sol fuese el centro del Universo, pero no falsamente para contentar al tribunal, sino convencido. No olvidemos que él ya había observado la Vía Lactea y conocía la existencia de otras estrellas comparables al Sol. Galileo había publicado su Diálogo, donde la defensa acérrima del sistema heliocéntrico iba acompañada de vejaciones e insultos hacia sus enemigos. La Inquisición tomó cartas en el asunto más por desobediencia de las directrices eclesiásticas que por el propio contenido de su obra. Pero…  ¿cual fue la condena?

  

   Galileo no pasó ni un solo día en la cárcel. Es más, durante el proceso, se alojó en una vivienda de cinco habitaciones con vistas a los jardines del Vaticano, costeada por éste, y con servidor personal. Después de la sentencia, fue alojado en la maravillosa Villa Medici en el Pincio. Desde aquí, el “condenado” se trasladó, en condición de huésped, al palacio del arzobispo de Siena, uno de los muchos eclesiásticos insignes que le querían y que le habían ayudado y animado a investigar, y a los que están dedicadas muchas de sus obras. Finalmente llegó a su elegante villa florentina, cuyo significativo nombre era “Il gioiello” (La joya), en donde recibía visitas de los mejores colegas de Europa y en donde siguió estudiando y publicando. De allí salió su obra cumbre “Discursos y demostraciones matemáticas sobre dos nuevas ciencias”.

  

   No perdió la estima de obispos y científicos, muchas veces religiosos. Pronto le levantaron la prohibición de alejarse a su antojo de la villa y sólo le quedó la obligación de rezar una vez por semana los siete salmos penitenciales, que en realidad también esta “pena” se había acabado a los tres años, pero que él continuó libremente como creyente que era, de tal manera que pudo escribir con verdad al final de sus días: “En todas mis obras no habrá quien pueda encontrar la más mínima sombra de algo que recusar de la piedad y reverencia de la Santa Iglesia”. Murió en Florencia a los setenta y ocho años, en su cama, con la indulgencia plenaria y la bendición papal, el 8 de Enero de 1642.

  

   No les quedaba a los ilustrados de antaño, cerrados en contraponer razón y fe, ni les queda a los tolerantes de boquilla de hoy empeñados en la división fe/ciencia, más que la mentira. Mentira que al hacerse vieja, vive o pulula como los virus, infectándolo todo.