Padres con hijos 13 a 15 años

La adolescencia en el proyecto de vida

La adolescencia representa, en el desarrollo del sujeto, el período de la proyección de sí, y por tanto, del descubrimiento de la propia vocación. Los padres cristianos deben «formar a los hijos para la vida, de manera que cada uno cumpla en plenitud su cometido, de acuerdo con la vocación recibida de Dios». Se trata de un empeño de suma importancia, que constituye en definitiva la cumbre de su misión de padres. Si esto es siempre importante, lo es de manera particular en este período de la vida de los hijos: «En la vida de cada fiel laico hay momentos particularmente significativos y decisivos para discernir la llamada de Dios… Entre ellos están los momentos de la adolescencia y de la juventud».

A partir de esta edad se generaliza más la atracción por las chicas, el deseo de frecuentar su trato y, unido a la aspiración de ser mayores y a la presión comercial que se ejerce sobre ellos como buen nicho de mercado, el deseo de frecuentar locales de baile y música orientados hacia gente de su edad y ligeramente mayores, de ambientes familiares y sociales conocidos o similares (discotecas light).

Hay cuatro aspectos que los padres tienen que tener en cuenta:

1. A la etapa de crecimiento de la libertad le compete la integración de las tendencias y sentimientos para llegar a ser capaz del don de sí en un compromiso amoroso definitivo, en un proceso gradual de madurez que es la pedagogía de la virtud de la castidad;

2. El desarrollo de la progresiva relación de amistad con chicas presidido por un gran sentido del respeto hacia ellas (en el modo de hablar entre ellos, en los pensamientos, en la conducta) y del sentido de responsabilidad de la propia virilidad orientada hacia el amor futuro; hay que tener en cuenta que la referencia a las personas del otro sexo va acompañada también de cambios en la estructura y relaciones dentro de los grupos de amigos;

3. Es la etapa del crecimiento del sentimiento de autonomía, con todos los fenómenos, a veces contradictorios que lo acompañan; debe estar orientada al don no sólo en la futura relación amorosa, sino en todas las dimensiones de la vida: la propia familia, los amigos y compañeros, la formación intelectual y del carácter, las responsabilidades en la vida social;

4. Es una etapa importante en el descubrimiento de la propia vocación como proyecto de Dios, conocido en la lectura sabia de los propios talentos, de las circunstancias en las que se vive y de las necesidades de la acción de los cristianos en el mundo, para la que se capacita con todo lo anterior y con una mayor amistad con Jesucristo. El inmediatismo –y la disminución de la esperanza de la cultura ambiental tiende a confinar las aspiraciones al próximo fin de semana; los padres con el tono de su ejemplo, de sus valoraciones y orientaciones tienen que despertar ideales nobles, ilusionantes, asequibles con la gracia de Dios y el empeño perseverante, de servicio a Jesucristo, a la sociedad, a su futura familia, de convertir la propia vida en una obra de arte, pacientemente elaborada, pese a algunos fracasos parciales y provisionales.

Es un momento importante de desarrollo del proceso de socialización, además de un momento decisivo de la maduración personal; necesitan la cercanía y paciencia, la firmeza y el ejemplo de sus padres, como creyentes prácticos y consecuentes, como personas enamoradas en el matrimonio, como profesionales y ciudadanos responsables, como personas fieles en el trato con sus propios amigos, que se alegran del crecimiento de sus hijos, para los que saben crear espacios de desarrollo de las nuevas dimensiones de su personalidad.

Durante este período son muy importantes las amistades. Según las condiciones y los usos sociales del lugar en que se vive, la adolescencia es una época en que los jóvenes gozan de más autonomía en las relaciones con los otros y en los horarios de la vida de familia. Sin privarles de la justa autonomía, los padres han de saber decir que no a los hijos cuando sea necesario y al mismo tiempo, cultivar el gusto de sus hijos por todo lo que es bello, noble y verdadero. Deben ser también sensibles a la autoestima del adolescente, que puede atravesar una fase de confusión y de menor claridad sobre el sentido de la dignidad personal y sus exigencias.

Hay que ayudarles a ser pacientes en el proceso de su propio crecimiento sin quemar etapas (infantiles “noviazgos” prematuros) y en el ejercicio responsable de su progresiva autonomía: horarios propios de su edad –poniéndose de acuerdo con los padres de los amigos, planes y lugares de descanso y encuentro verdaderamente adecuados; en este campo, además de la fortaleza para prohibir frecuentar discotecas, hace falta ayudarles a ser creativos en la búsqueda de modos de diversión y de relación progresiva con otras personas, incluidas las amigas.

Durante la pubertad, el desarrollo psíquico y emotivo del adolescente puede hacerlo vulnerable a las fantasías eróticas y ponerle en la tentación de experiencias sexuales. Los padres han de estar cercanos a los hijos, corrigiendo la tendencia a utilizar la sexualidad de modo hedonista y materialista: les harán presente que es un don de Dios, para cooperar con Él. De esta manera los hijos aprenderán el respeto debido a la mujer.

Necesidades educativas en esa edad

(No se trata de actuaciones puntuales sino de orientaciones educativas de fondo que se traducirán en acciones circunstanciadas: aunque corresponde un papel específico al padre, también la madre conviene que conozca, sugiera y colabore en este proceso en el que su aportación es también insustituible)

Al responder a las preguntas de sus hijos, los padres deben dar argumentos bien pensados sobre el gran valor de la castidad, y mostrar la debilidad intelectual y humana de las teorías que sostienen conductas permisivas y hedonistas; responderán con claridad, sin dar excesiva importancia a las problemáticas sexuales patológicas ni producir la falsa impresión de que la sexualidad es una realidad vergonzosa o sucia, dado que es un gran don de Dios, que ha puesto en el cuerpo humano la capacidad de engendrar, haciéndonos partícipes de su poder creador.

Ya que durante la pubertad los adolescentes son particularmente sensibles a las influencias emotivas, los padres deben, a través del diálogo y de su modo de obrar, ayudar a los hijos a resistir a los influjos negativos exteriores que podrían inducirles a minusvalorar la formación cristiana sobre el amor y sobre la castidad. A veces, especialmente en las sociedades abandonadas a las incitaciones del consumismo, los padres tendrán que cuidar —sin hacerlo notar demasiado— las relaciones de sus hijos con adolescentes del otro sexo. Aunque hayan sido aceptadas socialmente, existen costumbres en el modo de hablar y vestir que son moralmente incorrectas y representan una forma de banalizar la sexualidad, reduciéndola a un objeto de consumo. Los padres deben enseñar a sus hijos el valor de la modestia cristiana, de la sobriedad en el vestir, de la necesaria independencia respecto a las modas, característica de un hombre o de una mujer con personalidad madura.

Es fundamental que los jóvenes no se encuentren solos a la hora de discernir su vocación personal. Son importantes, y a veces decisivos, el consejo de los padres y el apoyo de un sacerdote, o de otras personas adecuadamente formadas, capaces de ayudarlos a descubrir el sentido vocacional de la existencia y las formas concretas de la llamada universal a la santidad. Es necesario que no falte nunca en la formación impartida dentro y fuera de la familia, no sólo la enseñanza de la Iglesia sobre el valor eminente de la virginidad y del celibato, sino también sobre el sentido vocacional del matrimonio.

Los padres deben prepararse para dar, con la propia vida, el ejemplo y el testimonio de la fidelidad a Dios y de la fidelidad de uno al otro en la alianza conyugal. Su ejemplo es particularmente decisivo en la adolescencia, período en el cual los jóvenes buscan modelos de conducta reales y atrayentes. Como en este tiempo los problemas sexuales se tornan con frecuencia más evidentes, los padres han de ayudarles a amar la belleza y la fuerza de la castidad con consejos prudentes, poniendo en evidencia el valor inestimable que, para vivir esta virtud, poseen la oración y la recepción fructuosa de los sacramentos, especialmente la confesión personal. Deben, además, ser capaces de dar a los hijos, según las necesidades, una explicación positiva y serena de los puntos esenciales de la moral cristiana como, por ejemplo:

• La indisolubilidad del matrimonio.

• Las relaciones entre amor y procreación.

La inmoralidad de las relaciones prematrimoniales, del aborto, de la contracepción y de la masturbación. Conviene recordar además que «las dos dimensiones de la unión conyugal, la unitiva y la procreativa, no pueden separarse artificialmente sin alterar la verdad íntima del mismo acto conyugal». En este punto, será una preciosa ayuda para los padres el conocimiento profundo y meditado de los documentos de la Iglesia que tratan estos problemas.

La masturbación constituye un desorden grave, ilícito en sí mismo, que no puede ser moralmente justificado, aunque «la inmadurez de la adolescencia, que a veces puede prolongarse más allá de esa edad, el desequilibrio psíquico o el hábito contraído pueden influir sobre la conducta, atenuando el carácter deliberado del acto, y hacer que no haya siempre falta subjetivamente grave». Se debe ayudar a los adolescentes a superar estas manifestaciones de desorden que son frecuentemente expresión de los conflictos internos de la edad y no raramente de una visión egoísta de la sexualidad, que es un don orientado a la donación personal; al ayudarles, hay que explicar las razones por las que esa conducta no debe ser elegida libremente (el placer sexual separado del amor no me interesa porque no merece la pena; es una acción incorrecta: repugna porque desconecta el placer del fin y significado de ese placer; es un gesto de inmadurez sexual, de falta de integración de la imaginación y las tendencias en la libertad; es tan obsesivo que esclaviza; es un gesto individualista y egoísta que dificulta o incapacita para el amor, aparta del amor de donación y no se sabe mirar al otro más que bajo el aspecto de objeto de placer) y diferenciarla de fenómenos fisiológicos inconscientes durante el sueño, aunque vayan acompañados de fantasías sexuales.

Proporcionarles los medios para vencer

Hay que enseñar a la vez los medios que conducen, con paciencia y confianza en la gracia de Dios, a la integración de sus tendencias en su libertad:

La comprensión de las dimensiones corpóreas (a esa edad, frecuentemente no están satisfechos de su aspecto físico: a la vez que cuidan su desarrollo y el deporte, hace falta enseñarles a ser agradecidos por su realidad humana concreta y a no valorarse por apariencias y comparaciones).
La aceptaciónreforzamiento de la identidad sexual (positivamente en la afirmación como varones y negativamente, ayudándoles a no confundirse por estados transitorios de definición sexual no concluida totalmente).
La integración de la espontaneidad sexual en la libertad (especialmente a esta edad, la fantasía y la mirada).
Desarrollar la confianza en el buen éxito: Jesucristo ha enseñado a millones de jóvenes antes que ellos, en condiciones parecidas, a madurar en su libertad y su capacidad de amar; además de la confesión les ayuda mucho la comunión frecuente (“Cuerpo de Cristo, sálvame”) y la amistad con el Señor y el saberse acompañados siempre por tan buen Amigo, así como la devoción a la Santísima Virgen.
Despertar ya la alegría ilusión del amor futuro.
Desarrollar el ser ya persona amorosa: cultivar todo lo que les ayuda a salir de sí mismos y darse, en la vida de familia, en el sentido de servicio que dan a su estudio, en la amistad y el compañerismo, en la entrega a personas necesitadas ya ahora de la ayuda de su tiempo y de su compañía, etc.
Ser firmes en no dejarse manipular por modelos neurotizados de pornografía, que les llegan por medio de la televisión, páginas de internet, el contenido de canciones, etc.; tienen que desarrollar un sano complejo de superioridad frente a formas tan pobres y frustrantes del deseo de amar y ser amado, pero también una extrema firmeza para no ser ingenuos y evitar las luchas innecesarias (localización adecuada en el hogar de esos aparatos, filtro en internet, compañía y horarios en el uso de la TV).
El configurar una personalidad rica en intereses y actividades (científicos, culturales, altruistas, estéticos, deportivos, etc.) les alejará del aburrimiento y el empobrecimiento interior que suele ser su causa. A través de los consejos, que brotan del amor y de la paciencia, los padres ayudarán a los jóvenes a alejarse de un excesivo encerramiento en sí mismos y les enseñarán a caminar en contra de los usos sociales que tienden a sofocar el verdadero amor y el aprecio por las realidades del espíritu. A la vez, hay que provocar, facilitar y orientar que encuentren ambientes adecuados para las nuevas dimensiones de su personalidad que van desarrollándose.
Hay que evitar que el modo de vivir cristiano se presente simplemente como una reacción al modo de vivir mundano. El cristianismo no es ni siquiera en segundo o tercer término un sistema de valores de eficacia probada. Es, ante todo, una revelación. Y más concretamente una revelación personal (“No, no será una fórmula la que nos salve. Pero sí una Persona” Novo Millennio Inneunte, III, 29). La conciencia del significado positivo de la sexualidad, en orden a la armonía y al desarrollo de la persona, como también en relación con la vocación de la persona en la familia, en la sociedad y en la Iglesia, representa siempre el horizonte educativo. No se debe olvidar que el desorden en el uso del sexo tiende a destruir progresivamente la capacidad de amar de la persona, haciendo del placer en vez del don sincero de sí el fin de la sexualidad, y reduciendo a las otras personas a objetos para la propia satisfacción.

Una vez que el hombre comprende su propio ser por la revelación divina, está en condiciones de seguir camino moral el ejemplo que se le ofrece: JesucristoHombre. Este camino es, en realidad, simultáneo. Fruto de la fe, de la caridad y de la esperanza. Sólo a partir de la Encarnación del Verbo se entiende del todo la esencia de la unión sexual como donación (Cf. Mt 19, 6). Por esa misma naturaleza recién revelada del amor, aparece en el mundo un nuevo don, más sublime incluso, que es el de la virginidad. Este es el motivo por el cual, desde el punto de vista ascético y moral, San Josemaría afirma que la santa pureza es un don, un regalo de Dios: “la da Dios cuando se pide con humildad” (Camino, 118).

La hermosura y la “sacralidad” del cuerpo humano han dado lugar a maravillosas obras de arte. Pero cuando desaparece la persona, y con ella la donación recíproca, se da paso a la pornografía y la obscenidad. Es decir, el amor sin sujetos sino con objetos. O sea, la caída de la persona a la categoría de cosa (pasa de ser alguien a ser algo).

De ahí la importancia de que los cristianos sepamos ilusionarnos e ilusionar a otros con nuestro hallazgo: el tesoro escondido, la perla, etc. El amor –también en su faceta corporal es un don. Todo lo que frena y contraría este “hallazgo” rompe el plan divino y da paso al pecado entendido como desorden, como rebeldía y, en el fondo, como frustración.

No en vano enseña Juan Pablo II que el que peca ofende a Dios en la medida que también se ofende a sí mismo. El Santo Padre pide que la familia y la vida sean puestos “en el centro de la nueva evangelización”, de manera que seamos más exigentes a la hora de anunciar la novedad y la belleza de la «verdad divina sobre la familia»

El planteamiento de la verdad sobre el hombre, lleva incluido el aspecto vocacional, pues el hombre es un ser con un destino. Hay que hacer referencia a “las dos vocaciones fundamentales de la vida cristiana, la de la virginidad y la del matrimonio, y su recíproca relación; y a las dos dimensiones de la unión conyugal, la unitiva y la procreativa, las cuales no pueden separarse artificialmente sin alterar la verdad íntima del acto conyugal”

El camino del cristiano es un camino de amor. A los adolescentes hay que ayudarles a que entiendan en qué consiste la “civilización del amor” de la que habla el Papa y se comprometan en su realización. Aprender a querer a Cristo es, para el cristiano, el camino para aprender a querer sin más.