mirada

Tal vez mucha de la aparente confusión de nuestra época, en todo ámbito, se deba a la aunsencia de la capacidad de discernir, de pensar, al desplome de la razón en favor de otros tantos sustitutos y no a que el mundo es por naturaleza un caos o confusión: somos nosotros los que estamos confundidos. Es fácil darse cuenta: por ejemplo, pensemos en una conversación entre dos o más personas. Si por un momento nos olvidamos de nosotros mismos y realmente vemos aquel intercambio con objetividad, al poco andar nos daremos cuenta que de una u otra parte la realidad comienza a deformarse, e incluso sin conocer mayormente del asunto, veremos que cada uno tiene versiones muy diferentes de las cosas, a veces hasta llegar a la locura. La irracionalidad así se hace cotidiana, va de la mano con muchos pecados. Es cierto que el egoísmo es la fuente principal de estas situaciones, pero no poco de esto se debe a la carencia absoluta de una adecuada capacidad de discernir, lo que se resume en hacer de nuestra vida una permanente reflexión. Pensemos en los juicios que hacemos de nuestro prójimo sin conocerle, por ejemplo, condenándole desde nuestros propios criterios. Bien alguien un día puede equivocarse, y ya pensamos que “siempre se equivoca”. Claro, es muy cómodo identificar a una persona por un error y quedarse con esa impresión. El camino fácil, el que no es capaz de conocer a plenitud al prójimo, y no ve aquel “error” como una marca con la cual reconozco a los demás, sino como una oportunidad para ver su esencia y ayudarle a ser mejor persona, mostrandole su equivocación, encaminándonos mutuamente hacia la santidad. En definitiva, amarnos, no queriendo hacer de los demás nuestro puro reflejo egoísta que solo busca manipular, confundir la realidad.

Como vemos la capacidad de discernir es fundamental. Sin ella estamos a un paso de todo lo contrario que Cristo nos enseñó. Al discernir ponemos en acción nuestra inteligencia, maravilloso don de Dios. Reflexionamos, pensamos, nos cuestionamos. Porque la fe también debe pensarse y no es una emoción que nos hace ciegos y ajenos a lo real. Debemos ser videntes, esto es, ir al fondo de las cosas, al paso de la eternidad.

pensarJesús jamás confundió, ni menos fue un loco que se alimentó de ilusiones. Vivió profundamente, fue un vidente, un ser que no le tuvo miedo a pensar. Rechazó vehementemente la hipocresía, y no por ello dejó de llorar y conmoverse. Tampoco hizo encajar a  sus hermanos en ciertos “esteriotiopos”, clases de personas a las cuales se responde de cierta manera. Un ser que se rompía la cabeza por los demás. Un ser que supo condenar el pecado, pero no al “pecador arrepentido”, es decir, supo discernir. Tampoco cayó en el pesimismo de quien piensa que todo es calamidad. Menos aún identificó la fe con el pueblo judío. Un soldado romano, el centurión, es el modelo de la fe perfecta “Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande” (Mt 8, 5-11) ¿Qué habríamos hecho nosotros? ¿No habríamos prejuzgado en función de su condición de romano para decir quien sabe qué cosa, aislarle y quizás, hasta menospreciarle? ¿No nos pasa a menudo lo mismo cuando despreciamos el consejo de un no creyente, por ejemplo?

Hagamos de la vida un continuo pensar. Porque discernir es pensar, fruto de la reflexión, consecuencia del amor. Y más si se trata de las personas. Porque el amor no es un sentimiento espontaneo que consigamos sin esfuerzo alguno. Debemos luchar por amar. Aun en los detallitos, allí se evidencia nuestro esfuerzo, nuestra vida reflexiva, prudente al máximo. Si nos damos el tiempo para pensar en los demás, en su particular e irrepetible realidad, quizás nuestro vacío interior desaparezca ¿No has pensado que mucha de tu congoja tiene que ver con esto? ¿No será que el egoísmo que hace que veas lo que te rodea como te plazca está enfermando, lastimando tu ser pues tu corazón fue hecho para amar?