Existen características propias del varón y de la mujer. El hombre, debe representar lo fuerte: en el sentido animoso para el trabajo, para la lucha; leal, sincero, honrado; generoso, digno, fiel, constante. Firme y fuerte en las adversidades. El sentido de vigoroso y robusto se ha desvirtuado por el abuso. Hombre no significa ser arbitrario, necio, violento, corpulento, terco, abusivo, que humilla y menosprecia. El hombre debe caracterizarse por la energía y la seguridad. Enérgico en el sentido de tenaz, eficaz, tesonero, activo, con ánimo y voluntad, no en el sentido arbitrario, impositivo y prepotente. Seguro en el sentido de positivo, cierto, constante, firme, confiado y tranquilo. No se debe entender como hombre, al que domina porque es superior y porque todo es de su “propiedad”; que solo tiene derechos y los demás obligaciones. Debemos luchar, concientizar, corregir la falsa idea de que el hombre es un ser absoluto, dominante, arbitrario, que reprime y humilla; que abusa de su poder y de su fuerza física, pero sin inteligencia y voluntad. No es hombre el que tiene (domina) mujeres por todos lados, las envilece, destruye, denigra y las convierte en objetos o mercancía. No es hombre el que se burla de los sentimientos y destruye la dignidad de las personas.

La mujer representa la delicadeza, la ternura, la feminidad. Delicada en el sentido de fina, primorosa, de gusto exquisito. No en el sentido, débil, enfermizo y frágil. Tierna en el sentido de: delicada, suave, amorosa, amable, cariñosa; no en el sentido de inmadura. La mujer no debe ser la personalización esclavizante, no la humillación al grado de perder la propia dignidad.

En cuanto a comunidad educativa, la familia debe ayudar al hombre a discernir la propia vocación y a poner todo el empeño necesario en orden a una mayor justicia, formándolo desde el principio para unas relaciones interpersonales ricas en justicia y amor. (Familiaris consortio 2, 2). Se plantea así a toda la Iglesia el deber de una reflexión y de un compromiso profundo, para que la nueva cultura que está emergiendo sea íntimamente evangelizada, se reconozcan los verdaderos valores, se defiendan los derechos del hombre y de la mujer y se promueva la justicia en las estructuras mismas de la sociedad. De este modo el “nuevo humanismo” no apartará a los hombres de su relación con Dios, sino que los conducirá a ella de manera más plena. En la construcción de tal humanismo, la ciencia y sus aplicaciones técnicas ofrecen nuevas e inmensas posibilidades. Sin embargo. La ciencia, como consecuencia de las opciones políticas que deciden su dirección de investigación y sus aplicaciones, se usa a menudo contra su significado original, la promoción de la persona humana.

Se hace pues necesario recuperar por parte de todos la conciencia de la primacía de los valores morales, que son los valores de la persona humana en cuanto tal. Volver a comprender el sentido último de la vida y de sus valores fundamentales es el gran e importante cometido que se impone hoy día para la renovación de la sociedad. Solo la conciencia de la primacía de estos permite un uso de las inmensas posibilidades, puestas en manos del hombre por la ciencia; un uso verdaderamente orientado como fin a la promoción de la persona humana en toda su verdad, en su libertad y dignidad. La ciencia está llamada a ser aliada de la sabiduría (Familiaris consortio 8).

Ofensas a la dignidad de la mujer, desgraciadamente el mensaje cristiano sobre la dignidad de la mujer halla oposición en la persistente mentalidad que considera al ser humano no como persona, sino como cosa, como objeto de compraventa, al servicio del interés egoísta y del solo placer; la primera víctima de tal mentalidad es la mujer. (Familiaris consortio 24).