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Una de las tantas consecuencias de la modernidad, es el empobrecimiento del lenguaje tanto escrito como hablado. Para llenar este vacío muchas personas echan mano a la vulgaridad expresa, a lo chabacano, a la repetición y posterior deformación de frases y palabras que encierran no pocas veces prejuicios e ideas preconcebidas del género humano. A veces resulta insoportable vivir en un ambiente así, algo degenerado, de muchas palabras feas, no tan sólo a uno mismo, sino a las demás personas. Entonces este enfrascamiento en esta realidad muy mala, de garabatos, de superficialidad, de pelambres y juicios sin fundamento sobre los demás, envilece la propia alma, y se pierde la distinción entre personas y cosas. Entre muchos de los límites que la modernidad ha eliminado está presente esta realidad, que no es considerada, sin embargo, tan relevante para el desarrollo pleno de la persona humana. No resulta indiferente decir una cosa de un modo, o de otra. Siempre en cómo se digan las cosas está el éxito de lo emprendido ….o su fracaso. Y esto se explica porque al contrario de lo que se cree, las formas, los detalles, en este caso el lenguaje, revela el fondo y la claridad de éste. No es lo mismo resolver un problema gritando, usando palabras soeces, que dialogando. El diálogo denota real interés por lo humano, por el otro, y el reconocimiento cuando es necesario, del error cometido. Encuentra así un lecho fecundo el camino del hombre virtuoso, que a través del bien busca las cosas tal cuan son; de este modo ama a su prójimo, reconoce su dignidad inherente. maltrato-verbalLas malas palabras, el lenguaje despectivo, no es la manera de enfrentar la realidad. Ante un conflicto muchas personas reacción de modo enérgicamente agresivo, a veces sin ningún justificativo, denostando al otro, menoscabando su dignidad. Aun cuando se tenga la razón, no hay fundamento alguno para hacerse de estos medios. E incluso nuestras propias pretensiones y fines expiran y se agotan al utilizar medios no idóneos y contrarios a la naturaleza del ser humano. Un lenguaje delicado tanto en lo escrito como en lo hablando revela el alma pura de quien anhela por sobre todas las cosas, darse. Amar al prójimo no es tan solo una actitud interior, un deseo vehemente por amar. Es así pero tal interioridad necesita exteriorizarse, revelarse en buenas formas si aspira a la plenitud. No podría hablarse de la verdad, entonces, si hay asimetría entre lo interno y lo externo, un abismo entre lo que pienso y lo que vivo. Si mis palabras, mi trato hacia los demás no está a la altura de lo que merece un hijo de Dios, entonces, es mi alma la que está evidenciando un problema de proporciones, pues las malas palabras no se dicen porque sí. Hay en el fondo del ser algo que explica este u otro obrar; en algunos casos algún defecto, en otros, la lejanía de Dios, y cuando no la terrible ausencia de Dios, la desesperación misma del hombre al no hallar el sentido de la vida, la razón a la existencia. Si queremos amar, hagámoslo de modo pleno, no a medias tintas. La fe es esencialmente comunicable dijo un santo, y por tanto, también el lo es el amor. Las malas formas y hábitos, costumbres rayanas en lo sórdido, no son el lenguaje del amor. El insulto, la furia, incluso el decir casi inconscientemente frases sucias, revela la indiferencia ante Dios, la vida por el precipicio de la maldad dicha. A fin de cuentas, nuestro prójimo es el que sale dañado, pero más aún quien fragua en su interior la cuna de esta realidad, que terminará por destruir la propia alma, el lecho que alberga a nuestro Señor.

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N de R: “La crueldad es la fuerza de los cobardes” Proverbio árabe

“Algunos se consideran culpables al estrechar la mano a un masón (o a un comunista), pero no tienen escrúpulo alguno de violar la caridad en sus palabras, destruyendo la fama del prójimo, o en sus obras, o en sus omisiones egoístas. Así se salvará la apariencia y se vive “en regla” entre gentes honestas, sin inquietarse excesivamente de haber escandalizado las almas rectas que juzgan por el espíritu” (San Alberto Hurtado “Espiritualidad, don de si mismo” pág 55)

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