Hace unos días hablaba con un amigo de la muerte. Con cierto apocamiento, con algo de miedo a lo que yo podría decirle, manifestó que a él, en realidad, no le importaría morirse. Como le conozco, no me extrañó. No es una persona desesperada ante la vida, ni con dificultad de ningún tipo. Es un buen profesional y padre de familia que, teniendo de todo, ve el más allá con deseos de llegar. Me lo decía con una cierta prevención y advirtiéndome que no se lo dice a nadie, para que no piensen cosas raras.

 

Pero resulta que días después mi dentista me contó que estaba muy contenta asistiendo a unas charlas en una parroquia cercana. Llevaba tiempo pensando en que necesitaba formación para su vida cristiana y un domingo fue a misa a una iglesia no habitual, y allí anunciaron que iban a comenzar, semanalmente, una charlas sobre… escatología. Y ella, mujer de mediana edad, de buen ver, muy activa en su profesión –ni siquiera piensa en donde queda su jubilación- pensó que ese anuncio era para ella. Y me decía que sobre estas cosas, la muerte, el fin del mundo, el cielo, etc., es bueno pensar con frecuencia. Tanto le han gustado que un día se fue con ella uno de sus hijos, curioso ante tanto entusiasmo.

 

Y poco después fui al peluquero. A este voy más que a mi dentista, a Dios gracias. Uno de los peluqueros hablaba con un cliente, de quien se notaba que era amigo de hacía bastante tiempo. Hablaban de amigos comunes y aficiones comunes, y salió un personaje, sin duda conocido por ambos, recientemente fallecido. El cliente, comentando el tema, decía con fuerte voz, sin inhibiciones: “Es que nos vamos quedando en primera fila”. Era una constatación, no un temor. Y el peluquero amigo quiso disuadirle de la verdad incontestable: “No hombre, tú tienes mucho que hacer todavía” o palabras del estilo, que algunos dicen como para ahuyentar los maleficios indebidamente traídos a colación.

 

A mi dentista le gusta mucho hablar y lo hace bien. Y se aprovecha de su profesión para colocar constantemente. Y a mí me contó sus charlas. Y yo le dije que no tuviera inconveniente en colocarles lo mismo a otros muchos clientes. Hizo aspaviento como si no estuviera muy de acuerdo, y me advirtió que entre la gente pasaba por allí había de todo.

 

Es indudable que hay mucha gente que no quiere ni oír hablar de los novísimos, de lo que viene después, pero eso no es más que una terrible imprudencia. No podemos dar la espalda a lo que es más obvio en nuestra vida. Y me acordaba de aquellas palabras que escribía Guitton en su “Testamento filosófico”:

 

-¿Qué es morir?

– Abandonarlo todo y abandonarse entre las manos de Dios.

-¿Por qué es importante morir?

-Porque es el único momento de la vida en que uno puede darlo absolutamente todo y sin esperar nada a cambio.

-¿Qué es vivir bien?

– Es vivir en cada instante como moriríamos si muriésemos bien.

-¿Qué es morirse bien? (…)

-Morir de Amor.