EL fariseísmo contemporáneo ha encontrado en la condena de la pederastia uno de sus ejercicios retóricos predilectos. Hace un par de días, la Policía Nacional desmantelaba una red de pornografía infantil -y van…- y detenía a más de ciento veinte personas que intercambiaban a través de Internet imágenes en las que niños de muy corta edad, casi bebés, eran sometidos a las sevicias más aberrantes; todos nos hemos indignado muchísimo, nos hemos rasgado las vestiduras y hemos solicitado que a tales tipejos infrahumanos se les castigue con el máximo rigor.

Nadie se ha molestado, en cambio, en describir el caldo de cultivo en el que tales tipejos infrahumanos florecen, tal vez porque, si lo hiciéramos, nos veríamos obligados a reconocer que se parecen demasiado a nosotros mismos. Probemos aquí a describir ese caldo de cultivo: por una parte, hallaremos que los niños, antes de nacer, han sido relegados a la condición de «amasijos de células» sobre los que nos hemos arrogado un derecho de disposición absoluta que incluye su destrucción física; por otro, descubriremos que los niños, una vez nacidos, son sometidos a agresiones diversas que anhelan su destrucción espiritual.

Los niños que se salvan de ser despedazados en los abortorios son arrojados a una máquina trituradora que avasalla su inocencia y pisotea su dignidad. En esta guerra inmisericorde contra la infancia vale todo, con tal de que se disfrace con los ropajes de los sacrosantos derechos y libertades: y así, en el hogar, se les condena a una vida escindida, mediante el sacrosanto «derecho al divorcio» que asiste a sus padres; en la escuela, se les obliga a recibir adoctrinamiento ideológico y se les inocula el veneno de la llamada teoría de género, todo ello, por supuesto, en aras de que puedan vivir plenamente su «libertad sexual».

Y por si aún las agresiones que reciben en el hogar y la escuela no hubiesen sido suficientes para desnaturalizar su infancia, por si aún su alma no estuviese suficientemente arruinada, la propaganda mediática se encarga de arrebatarles el pudor y convertirlos en adultos precoces, escamoteándoles las realidades más esenciales de la condición humana y sustituyéndolas por un batiburrillo de risueñas escabrosidades que incluyen, por supuesto, todo tipo de reclamos sexuales.

Y, mientras se desarrolla esta guerra inmisericorde contra los niños, ¿qué ha ocurrido con los adultos? Chesterton nos ofrece la respuesta: «Lo que ha ocurrido es que el mundo se ha teñido de pasiones peligrosas y rápidamente putrescentes; de pasiones naturales convertidas en pasiones contra natura. Así, el efecto de tratar la sexualidad como cosa inocente y natural es que todas las demás cosas inocentes y naturales se empapan y manchan de sexualidad. Porque no se puede conceder a la sexualidad una mera igualdad con emociones o experiencias elementales como el comer o el dormir. En el momento en que deja de ser sierva se convierte en tirana».

Cuando la sexualidad se desembrida se convierte en una pasión putrescente, ansiosa de conquistar nuevos finisterres de perversidad que combatan el hastío de la carne; y no debe extrañarnos que, después de probar todos los sabores, quiera hincarle el diente a la fruta prohibida de la infancia. Únase a esta «hipersexualización» de la vida la imposición de un nihilismo optimista en moral (según el cual el hombre debe guiarse por su deseo, liberado de tabúes e inhibiciones), y habremos completado el panorama.

Podemos seguir escandalizándonos farisaicamente cada vez que se desmantele una red de pederastas; podemos seguir reclamando hipócritamente penas más rigurosas para los criminales sexuales… y no habremos atacado la raíz del problema. Las acciones malignas que cada día se perpetran contra los niños no son fruto, como se pretende, de una perturbación que aflige a cuatro tipejos infrahumanos; son fruto de una ideología criminal que ha impuesto el naturalismo instintivo y la agresión constante a la infancia como formas de pensamiento comúnmente aceptadas.

Un pensamiento criminal, por mucho que se disfrace de buenismo, acaba prohijando conductas antihumanas; y tales conductas no harán sino extenderse, mientras no se ataque la raíz del problema. Entretanto, podemos seguir reclamando cadena perpetua para los pederastas, para tranquilizar nuestra conciencia.