Querida cenicienta:

Hoy encontré tu zapato de cristal, pero sigo buscando al principe que merezca calzarlo en tu pie.
Aunque esa búsqueda es tuya, me siento llamado en mi interior a ayudarte con ella.

No busques príncipes azules a lomos de corceles blancos. Todos ellos son de cartón piedra.
Busca, más bien, un príncipe que esté dispuesto en todo momento a ponerse a tus pies. Uno que sea capaz de ayudarte en tus proyectos del día a día y al que no le preocupe ensuciarse las manos por aliviar tu carga.
Busca uno cuyo brazo te proteja sin asfixiarte debajo, que se ría de tus “tantas veces” disparatadas ocurrencias y que siempre te escuche, dando importancia a tus anhelos más pequeños.

Que este príncipe descubra la belleza de tu mirada, más allá de tus ojos, y reconozca la maravilla interior imperecedera que encierra esa fachada tan atractiva que marchitará con los años. Que te haga sonrojar con sus dulces piropos, siempre tratando de hacerte ver que te quiere, siendo esa la manera de decirte que le importas.
Busca ese príncipe que se enamore de la humilde florista y no de la despampanante princesa, y que además sea amigo y descanso en la derrota.

A su vez, sé un regalo para él. Vive construyendo el deseo de haceros felices mutuamente. Esfuérzate por hacerle sonreir como deseas que él lo haga por ti.
Definitivamente, no te transformes en calabaza. No te conformes con cualquier príncipe mediocre que se cruce en tu camino.

Ah! Y no te equivoques. Que yo no soy un príncipe. Yo sólo soy un zapato de cristal.

Ojalá lo encuentres. Y aunque no lo entiendas, rezo por ti.