Un cuestionamiento tan sencillo cuyo objetivo busca, pero sólo busca, unir dos mundos, dos realidades, sintetizando el pasado, mediante el Amor, para lograr convertir el futuro, basado en la Esperanza Cristiana y dependiendo del Amor, en el recorrer el camino hacia la santidad de la mano de tu pareja. Objetivo que no puede ser pleno sino en la medida en que su contraparte decida a compartir el mismo, con el valor que da el tener la Esperanza dentro de su ser, y consuma esa síntesis del pasado, dándole paso a Dios para que sea el forjador principal de un futuro ya no de dos, sino de uno solo, unidos en matrimonio y buscando el camino de la verdad, con un firme y sublime “SI”.
Eso sí, todo empieza por Dios, y acaba en El mismo! Porque el noviazgo, entendido como una preparación seria, conciente y voluntaria hacia el matrimonio, no empieza cuando uno como hombre ve a una mujer
que le atrajo, si no que empieza cuando ambos, hombre y mujer, se deciden a empezar a ver al otro no con los ojos de uno, si no con los ojos con los que Dios nos ve. Es la única manera en que nos damos cuenta de la belleza no accesible a los sentidos, aquella belleza que nos lleva a pensar, a querer y desear, empezar a tender un puente hacia aquel otro mundo (la persona amada) tan distante del nuestro, y que nos permitirá cimentar lo más importante, el matrimonio, en bases verdaderamente firmes.
El deseo de tender un puente hacia la otra persona viene de Dios. Y, si decidimos darle paso por completo al origen de dicho deseo, El es el único que puede penetrar la durísima costra por la que está revestido nuestro corazón y por la que no le es permitido crecer, hacerlo amplio y llevarnos poco a poco a pensar en esa persona como aquella a la que queremos permanecer para siempre, nos lleva poco a poco a darnos cuenta del verdadero significado del amor y expresarlo en esa persona amada.
¡Para el amor, el hombre no basta! Pues el hombre, cuando va solo, convierte al Amor en algo duro, en
una pasión, en un mero sentimiento vano y sin sentido, y lo reducimos a una cuestión meramente corporal o intrascendente. Pero cuando va con Dios, es este último quien hace sensible al Amor, lo hace trascender, lo convierte en una búsqueda de lo trascendental, lo hace pleno y lo eleva al grado de la santidad.
Porque el amor no es un sentimiento entre dos personas, si no que es como un choque en el que dos seres adquieren plena conciencia de que deben pertenecerse, aunque falten aún el estado de ánimo y los sentimientos; es uno de esos procesos del universo que producen la síntesis, unen lo que está separado
y amplían y enriquecen lo que es angosto y limitado (Juan Pablo II, el taller del orfebre)
Así, todo empieza por dejar pasar a Dios para ver a la persona con los ojos que Dios te ve a ti, luego El arranca las ropas viejas de tu corazón para revestirlo poco a poco con Sus mismas ropas, que permiten acrecentarlo y luchar por tender el puente hacia esa persona. Después de esto uno se da cuenta de que
ya no desea tender el puente hacia aquellas tierras “lejanas” de la persona amada, pues caemos en la
cuenta de que ahora “su tierra es mi tierra”, de que no deseo llegar a ella si no de recorrer el camino con ella y buscar el bien común para ambos: la santidad, llegar a Dios.
Nos damos cuenta de que ya no queremos ser dos individuos buscándose mutuamente, si no que queremos ser uno sólo buscando a Dios. A partir de aquí viene la tan valerosa pregunta, venida de ese proceso que Dios ha hecho no en ti, si no en ambos: ¿Quieres ser la compañera de mi vida? Y, al responderla con el heroico “SI”, dan paso a que Dios, que es Amor, una a lo que está separado, haga una sola carne de esas dos personas que han decidido consagrarse en matrimonio, amplíe ambos corazones para depositar la plena Esperanza en el futuro, para enfrentar el camino a seguir, ahora de la mano, ya no
de frente el uno al otro, si no de frente al horizonte de la santidad, ambos con la vista fija en ese horizonte.
Un simple cuestionamiento que viene de la plena confianza en Dios y que ve reflejada su plenitud también en el Creador. Una respuesta afirmativa que se ve coronada, para ambos, con la coparticipación en la Creación llevada a cabo por el Creador. Ambas, cuestionamiento y respuesta, surgen del Amor, de manera individual, se unen mediante el Amor, convirtiéndose en uno sólo con el Creador, y coparticipan en el Amor, trascendiendo en la descendencia de la cual Dios les hace partícipes.
Así, lo que surgió con un simple acto de humildad, al dejar pasar a Dios a tu corazón, sufre su caminar
a lo largo de la vida, permitiendo esa síntesis del pasado para forjar el futuro, y se ve coronado, al final
del camino, por el mismo Dios, y deja sus frutos en los mismos hijos, que son contagiados por este
Amor venido de los padres, venido de la confianza plena en su Creador.
Queridos Papás gracias por permitir que Dios uniera esos dos mundos en uno solo, gracias por permitir que Dios sintetizara su pasado para forjar su futuro, gracias por decidirse a ver de frente, y tomados de la mano, ese horizonte de la santidad en el matrimonio.
Felicidades, a todos los que Dios le ha  bendecido con esta hermosa vocación!